Escribir la dicha

Al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar, pero que se ha transitado y transformado en recuerdo, rumiado tantas veces, porque trae el sabor auténtico de lo vivido: de eso se trata… y de esto trata la novela En lugar seguro, del norteamericano Wallace Stegner. Un autor escasamente conocido en España, hasta que la editorial Libros del Asteroide se propuso traducir parte de su amplia obra, comenzando precisamente con este título. Una referencia inexcusable, sin embargo, para la literatura estadounidense: ganador del premio Pulitzer con Ángulo de reposo, en 1972; del National Book Award, por su obra El pájaro espectador (1977); se le considera “el decano de los escritores del Oeste”.

En el preámbulo de la novela, sin embargo, Larry Morgan nos traslada hasta un espacio edénico situado en Vermont (es decir, en el Noreste, muy cerca de la frontera con Canadá): la hermosa finca que poseen sus amigos Charity y Sid Lang. Ese es el marco maravilloso en el que la amistad entre los dos matrimonios que protagonizan la historia se ha ido fraguando a lo largo de los años, el lugar privilegiado de las prolongadas veladas, los paseos, las confidencias, las pequeñas rencillas y suspicacias, las reconciliaciones, el tiempo de ocio que permite echar raíces y consolidar vínculos. Hasta allí llegamos para asistir a lo que parece ser un último encuentro. El verano avanza por el bosque, el lago y los montes; es agosto de 1972. Por su parte, la vida de los cuatro personajes ha entrado ya en un período otoñal. La mañana con que se abre el relato muestra hasta qué punto un sitio puede condensar tantas significaciones: rincones y objetos van registrando nuestro paso por la vida, nuestra huella en el tiempo. Como a un libro silencioso nos aproximamos hasta ellos, y leemos aquello que fuimos y encontramos la evocación de quienes con nosotros estuvieron, con quienes tanto quisimos.

Amistad y matrimonio

Aquella mañana, mientras su esposa Sally reposa aún del largo viaje, Larry pasea por el campo y cobra fuerzas para lo que está por venir. Pero no será sino hasta los últimos capítulos cuando retomemos el punto de partida y encontremos al cuarteto de nuevo reunido, como antaño, aunque en una situación bien distinta. En ese intervalo, se levanta el cuerpo de la novela constituido, en amplia retrospectiva, por la reconstrucción de cómo surgió, fue creciendo y se fortaleció hasta alcanzar madurez plena esta amistad a cuatro bandas. Desde aquella cena casi casual entre dos jóvenes profesores de Literatura en la universidad de Wisconsin y sus respectivas esposas, ambas embarazadas, se generó una corriente de afinidades que las circunstancias y avatares no harían sino acrecentar. Y eso a pesar de las notables diferencias entre ambos matrimonios y entre cada uno de sus miembros. Los Morgan proceden de un Oeste medio salvaje, ambos son de posición modesta, y  sobreviven estirando el exiguo sueldo de Larry para llegar a fin de mes. Como podrá comprobar el lector, se ubican en las antípodas de los Lang: refinadísimas familias del Este otorgan al matrimonio una ascendencia propia de la nueva aristocracia y un bienestar económico que, a pesar de la Depresión por la que atraviesa el país, les permite llevar una vida desahogada.

Wallace_Stegner1También en sus caracteres y en el modo de encauzar la vida en común nuestros protagonistas presentan numerosas diferencias. El origen humilde de Morgan es un acicate para su talento como escritor y, si bien su carrera como docente se verá truncada, manifiesta una superioridad en este punto sobre Sid, a quien parece pesarle demasiado lo mucho que siempre se ha esperado de él (expectación que frustra sus anhelos de poeta). Frente al vendaval de Charity, verdadero motor de la trama como señala Pilar Cambra, Sally se presenta como la mujer prudente que parece ocupar un segundo plano y, sin embargo, nos descubre paulatinamente una personalidad acabada y una fortaleza interior deslumbrante. Pero es tal nudo de contrastes uno de los grandes aciertos de la historia. La diversidad enriquece, obliga a crecer y a transformarse. Las disonancias que provoca el choque de los perfiles más agudos se integra en una armonía superadora que se sostiene sobre la clave común del afecto.

¿Qué hace a los amigos ser amigos? Gran misterio que, seguramente, tiene tantas respuestas como relaciones de amistad han acompañado la historia de los hombres, de cada ser humano, sobre la tierra. La lección que, sin pretensión alguna de adoctrinar o moralizar, nos deja la novela es que lo verdaderamente importante de la vida acontece al otro lado de los grandes titulares, las proclamas estridentes o los acontecimientos estelares. En la asordinada melodía de la intimidad se teje el secreto cifrado, el peso específico que otorga su valor exacto a toda biografía. Y la amistad es el ámbito por excelencia donde las intimidades se encuentran y se dan, gratuitamente. Sin solemnidad, con la sencillez verdadera que caracteriza a la voz narradora, como ocurre en otros muchos rincones de la historia, se nos regala esta perla: Es una relación que no tiene una forma establecida, no hay lazos ni obligaciones, como en el matrimonio o la familia, y no son la ley, ni la propiedad, ni la sangre quienes sostienen la unión; no hay en ella más adhesivo que el aprecio mutuo (116).

En el caso concreto de la novela, la evolución de la convivencia dentro de cada matrimonio aparece ligada de manera indisoluble a su trama principal, la amistad. Supongo que para muchos lectores este hecho conferirá resonancias que quizás se escapan a quienes no lo han experimentado en su propia vida. En cualquier caso, nos asomamos a un nuevo misterio que es el de esa apuesta fuerte por construir una biografía común que se desborda además con la sucesiva llegada de nuevos integrantes. Manteniendo intacto lo que de enigmático y singular se encuentra detrás de una decisión sostenida a lo largo de los años, Stegner revela cómo la unión de eslabones se lleva a cabo a través de una humanísima receta en la que se combinan admiración, respeto, confianza, comprensión y humildad. También acentúa el papel desempeñado por esas recíprocas amistades en el fortalecimiento y hasta en la supervivencia de sus respectivos matrimonios. Finalmente, toda la novela es una demostración de la contundente función cohesionadora que obra lo compartido: la felicidad degustada en común y la desdicha a la que se enfrentan unidos.

De la vida a la escritura

Wallace Stegner matrimonioIn fiction I think we should have no agenda but to tell the truth. No hay otro deber: contar la verdad en la ficción, palabra de Stegner. Por eso no es extremadamente aventurado señalar ciertas huellas autobiográficas detrás de toda esta maravillosa invención. No parece osado pensar que, bajo las notas que caracterizan la vida matrimonial de los personajes, uno perciba, entre líneas, la proyección de esos casi sesenta años de experiencias compartidas junto a su mujer Mary Stuart Page. Del mismo modo que las referencias a la docencia universitaria de Larry y Sid nos recuerdan la actividad académica del autor, quien tras impartir clases de Literatura en las Universidades de Utah, Wisconsin y Harvard, impulsó el Programa de Escritura Creativa en Stanford, donde formó a escritores de la talla de Raymond Carver o Robert Haas.

Su inmenso amor por la naturaleza que le llevó a ser un adelantado en la defensa activa del medio ambiente adquiere también su particular traducción narrativa en la novela. En Wisconsin, en Vermont o en Italia junto a los libros, las referencias pictóricas o musicales, nunca faltará el detallado dibujo del campo y sus pobladores. Un paisaje que pasa de ser contemplado a ser vivido y cuyos elementos se describen y nombran con verdadero deleite.

Otro de los hechos cruciales en la vida de Stegner, la temprana muerte de su madre, parece aletear sobre la accidentada desaparición de los padres del narrador. Las palabras que, a sus ochenta años, dedicara el autor a este hecho nos dan muestra de la enorme admiración hacia su madre y de la profundidad de la huella que dejó en él una experiencia tan desgarradora:

My name was the last word you spoke, your faith in me and love for me were your last thoughts. I could bear them no better than I could bear your death, and I went blindly out into the November darkness and walked for hours with my mind clenched like a fist… Your kind of love, once given, is never lost. You are alive and luminous in my head….You are at once a lasting presence and an unhealed wound.

El recuerdo vivo y luminoso que hace presente, en el alma, lo pasado se muestra como punto de arranque y motivación esencial de la escritura, en el interior de la ficción y más allá de esta. La novela de Stegner tiene la gran virtud de poner palabras y dotar de toda su fuerza a la melodía, aparentemente menor, de la vida misma: llena de pequeños grandes detalles, de decisiones inadvertidas donde en realidad se juega el destino, de pesares que solo se quedan dentro de uno y, sí, también, de muchos momentos de plenitud y dicha.

Hace unos años leí un artículo de Enrique García Máiquez que, al acabar la lectura de En lugar seguro, me ha venido a la cabeza. En aquel texto, contaba el autor sus desvelos para preparar un curso de Introducción a la Literatura que tendría que impartir a la vuelta del verano. Sobre su mente se agolpaban las referencias, las citas y, sobre todo, las posibles preguntas incómodas de sus alumnos. La primera y más obvia: ¿qué es literatura? La respuesta que ahí nos ofrece, además de dar en el clavo, sintetiza lo que uno experimenta al cerrar la última página de este libro:

Para mí, la literatura es esa historia de vivos que descubrimos de repente que estamos vivos. “Me aturde una absurda delicia de estar vivo”, reza un verso ejemplar de Henry Thomas.

Por favor, no os perdáis tal experiencia.

Coda musical

Termino con la música que he seleccionado para acompañar a la novela. Cuatro amigos pedían un cuarteto: ese reto musical que exige la fusión de cuatro voces distintas funcionando como un solo organismo, sin perder su singularidad. Una dificilísima propuesta de precisión, donde versatilidad y compenetración van de la mano. ¿El compositor? Un americano, cómo no, que ya ha pasado alguna vez por aquí: el gran Philip Glass. La obra es el movimiento final de su Cuarteto Nº 3 para cuerdas, “Mishima”. Lo interpreta un joven conjunto, el Catalyst Quartet, americano también, que ya se ha estrenado en el Carnegie Hall. Espero que disfrutéis de su compañía.

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